Entiende el DLE por anomalía, según reza en su primera acepción, toda ‘desviación o discrepancia de una regla o de un uso’. A tantos sinónimos como podrían proponerse para tal regla o uso ha venido la tradición crítica literaria a sumarles uno más, el de canon, cuya naturaleza y definición sigue siendo a día de hoy objeto de debate. Sea lo que fuere eso que llamamos canon, es hecho bastante evidente que la historia de la literatura se rige por sus propios esquemas, acompañados no pocas veces de la correspondiente etiqueta o marbete, desde los cuales se articulan y ordenan los textos literarios y las vidas mismas de los escritores. Estos esquemas, que obedecen a criterios tan dispares y a veces arbitrarios como puedan ser género, asunto o ideología, terminan por determinar qué es lo que pasa o no a la historia, léase a cualquier manual básico de literatura: nuestra tradición historiográfica es de por sí amplia, pero son muchos los textos y autores que han ido quedando al margen primero de los temarios y, al fin, de la memoria colectiva. Autores olvidados, géneros postergados, escuelas que no se reconocen como tales, e incluso escritores consagrados de cuya producción se cercena alguna vertiente o faceta que acaso fue para ellos la más querida. Letras anómalas, en definitiva, desviadas de una regla y que descansan en la periferia del canon.

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